Aprender a escuchar, ¿asignatura pendiente? ¿solución para saber vivir?

Escuchar es todo un arte. Y eso os lo dice alguien que se ha pasado años escondiéndose en el parloteo y en las bromas infantiles, pidiendo atención y comprensión en el otro, y negándola inconscientemente a mí misma y a los demás. Creo que todos tenemos que aprender a escuchar o a mejorar nuestra escucha. Escuchar al otro, con presencia, sólo es posible si sabemos también escucharnos a nosotros mismos, y viceversa, porque en realidad no hay tal distinción.

Escuchar, no consiste en oír, ni en callar dejando espacios de tiempo para que el otro pueda hablar. Todo esto es necesario, pero no suficiente. Escuchar es poner toda la intención que podamos en el otro, manteniendo nuestro centro, nuestra propia escucha al tiempo.

La escucha también comporta elegir a quien, cómo y cuándo se dedica el tiempo necesario para que se produzca. Cuando nos escuchamos a nosotros mismos, dejamos de exigir la escucha del otro y somos capaces de discernir con quién relacionarnos, disfrutando del otro y de lo que nos muestra de nosotros mismos.

No todo el mundo puede ver nuestra luz, igual que nosotros no podemos ver la luz de todo el mundo. Relacionarnos con quienes conectamos internamente y dejar de forzar situaciones es liberador. Cualquier frustración tiene el peso y la relevancia que le demos. Si nos valoramos a nosotros mismos, la opinión y atención del otro no es una necesidad y pasa a ser una opción mágica. Puede que ese alguien no valore nuestra compañía en la forma que nosotros planificamos unilateralmente o puede que no tenga el valor de enfrentarse a ese potentísimo espejo que le ofrecemos o sencillamente puede que no le interese nuestra relación por la razón que sea. Cuando alguien no quiere compartir una experiencia con nosotros, nos está mostrando algo que nosotros solos no podíamos ver: ese encuentro no era para nosotros y el otro lo ha visto antes con más o menos claridad. Si superamos el orgullo y el apego, el dolor y el ensordecimiento pasarán, y podremos disfrutar de nuestra propia canción y de otras sinfonías.

Cuando nosotros somos los que no vemos la luz en el otro, tenemos la absoluta libertad de decir que no, desde el respeto hacia la otra persona y a nosotros mismos. La honestidad con uno mismo hace a la larga liviano el camino.  Comunicarnos desde el sentir no es complacer a toda costa al otro. El reclamo directo puede producir rechazo, y el indirecto puede convertirse en una seducción manipuladora que a menudo somos incapaces de detectar. La magia de encontrarse está en no buscarse.

¿Cómo discernir si conectamos realmente con alguien en este momento? Si nos lo cuestionamos, si algo nos chirría por dentro, ya nos estamos contestando. Cuando dos personas están abiertas y se produce una auténtica conexión, la comunicación trasciende la palabra. La mirada y la presencia corporal de ambos hablan el mismo idioma. La comunicación verbal es entonces rica e irrelevante al tiempo.

Todo el cuerpo, con nuestras orejas puestas en el corazón, será nuestro verdadero guía para que vivamos sencillamente lo que hay, sin añadirle aditivos creados inconscientemente, desde la natural escucha de lo que es mejor para nosotros mismos y para el otro. Así, de esta forma, nuestros corazones podrán disponerse con serenidad a escucharse con todo lo que podamos dar en ese momento, descansando en el ahora.

Gracias a todos los espejos que se han cruzado por mi camino, sea cual sea que haya sido el reflejo, porque todos habéis contribuido a que vaya aprendiendo a escuchar y disfrutar de mi melodía y de la de otros.

 

Un abrazo,

 

Olga Martínez Mora

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