¡Cámara!,…¡Acción!

¡Cámara!… ¡Acción!

El dramatismo y el perfeccionismo son un virus y un freno, respectivamente, muy frecuentes en esta época que nos ha tocado vivir. No tenemos que huir de dinosaurios ni fieras feroces, ni tenemos que rezar para que el tiempo salve nuestra cosecha, así que las preocupaciones que sostienen nuestros “saboteadores internos” son más sofisticadas, y expresado de una manera coloquial, son chorradas.

En numerosas ocasiones nuestra tendencia neurótica campa a sus anchas y le damos temporalmente una importancia desmesurada a objetos o situaciones que intrínsecamente no la tienen, o pretendemos alcanzar algo que no existe en el mundo que conocemos: “la perfección”.  Para desbloquear este freno en la consecución de lo que queremos, lo mejor es sustituirlo por el afán de superación. Equivocarnos es maravilloso porque nos enseña cómo ser mejor personas, y nos indica qué cambiar para lograr lo que nos hemos propuesto.

Para combatir el virus del dramatismo y pierda fuerza ese poder que le hemos otorgado, existe un antídoto muy divertido que es el del “teatrillo”. Una de las situaciones que yo tiendo a exagerar es cuando me faltan fotos o vídeos, o trabajos de mis hijas. De hecho ayer mismo me volvió a suceder; me afectó no realizar bien una grabación de mi hija entrevistando a mi hermano para un trabajo del cole.  Racionalmente, cada vez más rápido, me hago consciente del antojo de mi exageración, pero emocionalmente soy más dura de pelar. Entonces, me pongo manos a la obra y utilizo el “teatrillo”. “¡Cámara!… ¡Acción!”.

Pienso en un personaje acorde con la situación, que en mi caso me imagino a una madre histérica con un culo tremendo (aclaración: yo no lo tengo tan grande) que no hace más que colocarles de forma convulsiva bien la ropa a sus hijas y que recita un sinfín de consejos a la velocidad de la luz más difíciles de seguir que un discurso en suajili.

El siguiente paso es sacar a escena a un director de cine o de circo o de lo que quieras, que lleve un micro o altavoz o gramófono, que dice: ¡Corten! Pero como la madre histérica se resiste a dejar la escena, aparece un guardaespaldas. Mi guardaespaldas es una mujer corpulenta, rubia y fuerte, de complexión germánica. ¿Qué porqué una alemana? Podría decirte que simboliza la fuerza feminista representando el poder femenino frente a la opresión de la sociedad, pero la verdad es que no tengo ni idea de por qué me viene a la cabeza la rubia corpulenta. Pero bueno, sigamos…

Una vez mi guardaespaldas particular se lleva a el personaje de madre histérica, viene a limpiar barriendo el teatro el “limpiador / limpiadora”. Mi personaje que limpia todo el escenario es una mujer que me recuerda a la señora de hacer limpieza de una oficina del banco, donde estuve trabajando, que preparaba unos postres, que traía cada viernes, que quitaban el sentido. A menudo le decía: “Paqui, eres lo mejor de mi trabajo. Te quiero”. Y la mujer se reía pensando que exageraba, pero en esa ocasión no lo hacía. Y volvamos al teatro…

Y ahora ¡tachin tachin!, aparece mi conseguidor / conseguidora. Este personaje no cambia en todos los procesos de teatrillos desdramatizadores que nos planteamos y para que nos sirva tiene que ser de nuestra exclusiva creación. Si tiene utilidad para ti, es porque te resuena, es porque está formado por los valores y cualidades que quieres fomentar y sacar, y que en realidad siempre han vivido en ti. Mi conseguidora, es guapísima. ¿Qué por qué guapísima? ¡Oye, qué es mía y puedo elegir la que me dé la gana! Es una mezcla de: Charlize Theron, que me inspira belleza por dentro y por fuera, inteligencia, elegancia; Teresa de Calcuta, que me aporta serenidad, paz, bondad, servicio y consciencia; y Buika, una cantante negra que canta flamenco, que se declara bisexual, y que me regala su fuerza, su creatividad y su capacidad de lucha para vivir orgullosa de ser quien realmente es. Pisando con garbo, mi personaje con cara de Charlize Theron, de rostro oscuro como Buika y con el pañuelo de Teresa de Calcuta, se convierte en protagonista de mi teatro, de mi vida, transmitiendo la fuerza que necesito para afrontar las situaciones que me incomodan o que inicialmente me pueden preocupar.

 

¿Te animas a crear tu teatrillo? ¿Me lo cuentas?

¡Hasta pronto guapísimos lectores!

¡Un abrazo bien fuerte!

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