¿Cómo evitar convertirnos en lanzadores de basura y/o en contenedores estos días de crispación política?

Esta mañana, Luis Vieira, terapeuta y creador del método Terapia del campo energético y memoria intracelular, me ha enviado un video donde un taxista muestra como las personas se llenan de frustraciones, rencores, miedos… se llenan de basura y cuando ya no les cabe más, la sacan donde sea, en cualquier lugar. Esas personas podemos ser nosotros. Esos lugares también podemos ser nosotros.
En estos momentos de crispación social y política, las posibilidades de convertirnos en lanzadores de basura y/o en contenedores de basura están en aumento y a la orden del día. Y no sólo me refiero a encuentros con personas desconocidas con opiniones diferentes a las nuestras, o conocidos que mantengan posiciones claramente exageradas, sino a conversaciones con cualquiera, amigos o personas con las que nos vincula algún tipo de relación habitual. Cualquiera de forma inconsciente nos echa encima toda su mierda interna, vestida y envuelta de convicciones sociales y políticas, donde las vibraciones de su tono de voz, la suciedad de sus palabras, el olor de su intención y la excitación de su movimiento le delatan. ¡Ah! Y en cualquier momento nosotros también podemos lanzar nuestra porquería disfrazada de reivindicación social. “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”.
Hacia el mediodía, he bajado a comprar pan y un vecino me ha preguntado: “Qué… ¿irás a votar el día 1?” Y he caído en la trampa. Me he puesto a hablar de la situación actual, inmersa en una conversación sin rumbo, estéril. He sentido como se me escapaba mi energía entre las palabras y disminuía paulatinamente cuando me dejaba llevar por la situación que creía inevitable. He caído incluso viendo claramente el pequeño barranco. Este inocente suceso me ha situado en la humildad de recordarme mi vulnerabilidad. Me he dispuesto a explicarle que todos perdíamos energía y tiempo sumergidos en este entretenimiento perverso de juzgar reiteradamente en conversaciones constantes y repetitivas. Y mi interlocutor me ha contestado con gesto irónico que estas conversaciones le daban energía. ¿Se lo cree el mismo realmente? Necesitamos autoconocimiento y honestidad para vivir con consciencia. Creo que es de las cosas que más nos cuestan, porque estamos acostumbrados a pensar antes de sentir. No estamos habituados a escuchar nuestra voz interior.
Que la tensión y el fanatismo se contagian, es un hecho, constatado por cualquiera de nosotros con nuestra experiencia en alguna ocasión. Y esto ocurre cuando no estamos lo suficientemente alerta, cuando no somos conscientes, cuando las reacciones exteriores son desorbitadas, cuando nos pasamos el día recibiendo noticias de las redes o de los medios e intercambiando mensajes y recreándonos una y otra vez en la crítica.
Todos tenemos bisabuelos, abuelos o padres, o algún antepasado que lucharon en la guerra, y esa huella ancestral inconscientemente aflora hasta nuestros poros de la piel. Sólo la consciencia de que así es, puede darle el peso y el aprendizaje que nos corresponda a cada uno.
Cierta rabia es humana y puede ser útil para hacernos reaccionar ante algo que queremos cambiar. Sentir cierto dolor en la yema de los dedos, nos hará que los apartemos de la llama de la vela y así no nos quemaremos. La prolongación de esa rabia nos hace perder el control, quemarnos, exagerando las formas de reacción en nuestro comportamiento pudiendo llegar a la violencia verbal y física con facilidad.
En estos momentos en Cataluña, en España, en el Mundo, en el Universo, hago un llamamiento a la serenidad y a la sensibilidad. A esa serenidad y sensibilidad internas, que tanto necesitamos para cuidar de nosotros mismos y de los demás, porque, ¡gracias a Dios!, también se contagian. Me refiero a una serenidad adulta, no una serenidad impuesta por poderes desde el miedo, ni una serenidad estratégica recomendada por partidos políticos. Hablo de una serenidad libre y consciente.
Para mimar nuestro estado, estos días y de forma especial, meditemos, paseemos, bailemos, escuchemos y toquemos música, escribamos, dibujemos o pintemos o cada uno lo que le haga sacar sus emociones y conectar con uno mismo.
Respetemos cualquier pensamiento, y a cualquier ser humano. Todos tenemos un pasado, una vida, un entorno que nos han guiado a lo que somos y pensamos ahora. Respondamos a las provocaciones y situaciones tensas con una leve sonrisa, media sonrisa de la “Mona Lisa”. Mi humilde opinión es que no hacen falta las reacciones exageradamente “afectuosas” como cantos, risas o flores porque pueden resultar desafiantes y convertirse en soplos que avivan el fuego. En el fondo todos sabemos que el choteo, la ironía que ridiculiza, también contiene cierta violencia, ocurrente, elegante y sutil, pero violencia, al fin y al cabo. La contención y relajación, ante una provocación hostil, aunque es complicadilla de aplicar, es sin duda la mejor respuesta.
Las situaciones y las relaciones, nos ponen a prueba, son posibilidades de manifestarnos como somos. Así que seamos el cambio que queremos ver en el mundo, como dijo e hizo Gandhi, con la consciencia de cambiar y mantenernos en nuestro centro, desde esa paz y serenidad interna que es la misma que queremos para el mundo. Eso es realmente libertad y valentía. Dejarse llevar o atacar ante reacciones violentas verbales o físicas es el camino fácil.
Los burros pueden dar vueltas y vueltas manteniendo el mismo recorrido con anteojeras que limitan su visión. Solemos darle importancia a la zanahoria y a sus colores, cuando lo relevante es buscar una visión global y convertirnos en águilas.
Antes de luchar contra algo o alguien, parémonos a resolver nuestras batallas internas, para poder así tomar decisiones desde nuestro propio criterio de justicia, y elegir el camino desde nuestra propia consciencia.
Vivamos con la perspectiva del guerrero pacífico, con el corazón de un niño, con decisiones de sabios y con comportamientos de mujeres y hombres, honestas y honestos.
Y si no estamos seguros de algo, ¡es maravilloso!, porque la certeza es estática y parcial. Una ligera duda es humana y deja espacio a la comprensión de otras posturas y a la compasión por todos nuestros semejantes. La quietud suele ser la mejor opción ante la espera de un lúcido discernimiento.
La libertad parte primero de uno mismo, de conquistar nuestra libertad interna. Sólo desde esta libertad se trasciende a una libertad social auténtica.
Me despido recordando que, por encima de cualquier pensamiento, de cualquier situación, todos tenemos el mismo corazón.

¡Hasta pronto guapísimas y guapísimos lectores!

Un abrazo tierno y fuerte,

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