Enseñanzas de una mochila roja o cuando a la cabra le tira el monte

Reconozco que poner dos títulos quizás sea una osadía por mi parte. Cuando lo veía en autores así lo pensaba. ¡No hay nada como vivir algo para comprenderlo e incluso acabar integrándolo! Los dos títulos aparentemente carentes de relación, sintetizan la idea de este post.

La semana pasada perdí en los vagones del metro la mochila roja de mi hija pequeña, ya adolescente, con sus apuntes del curso, agenda, algunos libros, estuche con material, un pendrive…

Una amiga que conocí en un curso me dijo: “Cuando pensamos en “Yo ya…”, pues viene el Universo, o como quieras llamarlo y te da una “yoya””. Así es la vida. Nos pone en nuestro sitio. Últimamente pensaba que había ganado mucha presencia, y que yo ya no era tan despistada, que yo ya disponía de la asertividad y serenidad necesaria para mi día a día, que yo ya no intentaba hacer mil cosas a la vez y que yo ya decía que no cuando lo que me pedían podía sobrepasar mis posibilidades. Ni le dije que no a mi hija cuando me pidió que le llevara la mochila a casa yendo cargada con mi propia mochila en un brazo y el bolso en el otro. Ni esperé a hablar por teléfono, trabajando por los andenes y pasándome de parada. ¡Así, perder la mochila roja fue sencillo!

¡La de cosas que se pueden aprender con esta experiencia! No os lo recomiendo que lo propiciéis porque sería un pelín masoquista por vuestra parte. Con perspectiva, aunque al principio cueste verlo, tiene su “gracia”.

Me vienen a la memoria dos frases que dan sentido a lo vivido. La primera de Marta Allué, amiga y mi profesora de Gracia Flamenca: “¡A la cabra le tira el monte! La segunda de Lola Feliu, organizadora del retiro de silencio que hice este verano: “Un pasito para atrás para dar luego dos para adelante”. Perder la mochila, fue un paso para atrás. Me tiró el monte de la dispersión, de la autoexigencia, el papel de “superwoman” omnipotente y complaciente volvió para ser mi traje por un ratito. Ser consciente ya es un logro que me permite seguir caminando hacia adelante.

Otra enseñanza de la mochila roja fue atreverme a proyectar en positivo que encontraba la mochila en el servicio de objetos perdidos del metro y a la vez dejar espacio para la aceptación, para la posibilidad de que no apareciera. Soñar, querer sin ansiedad ni exigencia por su cumplimiento. ¡Ahí es poco! ¡Ahí está para mí, la clave de pedir y acabar consiguiendo lo que uno quiere en la vida!

Otro planteamiento fue el siguiente: ¿Yo soy realmente la culpable de perder la mochila? ¿Nos sirve de algo, aparte de machacarnos mentalmente la culpabilidad? La responsabilidad de la pérdida de la mochila, aunque inicialmente me la asigné a mi persona en exclusividad, a mí me corresponde un porcentaje y no la totalidad.

También aprendemos con la pérdida de algo que podemos centrarnos en la otra cara de la moneda y pensar que otra persona lo estará utilizando y que lo necesita más que nosotros. Esta reflexión fue un consejo de Luis Carbajal, mi formador de Trabajo Corporal Integrativo. Gracias Luis.

El poder del perdón también es otro aprendizaje de la mochila roja. Hasta que no nos perdonamos ese “error”, no trascendemos las dificultades y los inconvenientes de la vida, para poder así ser resolutivos y vivir con serenidad.

Otro tema: Desapegarnos de lo material, dándole a las cosas su importancia relativa, es uno de los aspectos que trabajamos cada vez que el apego a personas, objetos o situaciones nos hace volver al mismo monte.

También algo precioso que experimenté y que me conmovió fue respecto a la relación con mis hijas. Después de la leve tormenta vino la calma. Mis hijas y yo sentimos comprensión y compasión entre nosotras. Estas experiencias aparentemente negativas nos ayudan a fortalecer nuestras relaciones.

¡Comprensión y compasión hacia uno mismo y hacia los demás para aceptar las incongruencias y fallos propios y ajenos! ¡Aceptar que todos podemos ser en cualquier momento cabras que nos tira a nuestro monte particular! Porque sólo así, aunque suene paradójico, desde la humildad, seremos más honestos, más conscientes y más auténticos.

 

¡Hasta pronto!

 

Un abrazo

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