La caricia es oro y pan

Esta semana, me comentaba un amigo, que andamos sedientos de caricias.

¿Qué es la caricia? Según la R.A.E., en su primera definición, la caricia es “la demostración cariñosa que consiste en rozar suavemente con la mano el cuerpo de una persona, de un animal, etc.”

La Caricia (sí, con mayúscula para darle la relevancia que merece) es mucho más. No por su ligereza es menos importante. La caricia tiene un efecto poderoso tanto en el que la da como en el que la recibe. La caricia es oro y pan. Es oro porque es extremadamente valiosa. Es pan porque alimenta nuestra alma, es como el aire que respiramos, es la manifestación sutil del afecto. Nos hace sentir vivos, conectados desde el reconocimiento y la valoración. Nos proporciona energía vital, nos ayuda a serenarnos para aceptarnos, aceptar al otro y aceptar la vida.

Todo esto no son elucubraciones románticas concluidas en un día mimoso. Las caricias se sienten y si estamos conectados con nosotros mismos y con los otros, sobran las palabras.

Para nuestra parte más mental y curiosa, también se sabe que la caricia tiene base científica y que sus efectos definen la piel como el órgano social por excelencia. El artículo de Hugo Bleichmar, publicado en Avances en Psicoterapia y Neurociencia el 30-05-2016, expone “McGlone aporta, en la prestigiosa revista Neuron,  la evidencia científica acumulada que muestra que la caricia promueve la secreción de oxitocina y de opioides endógenos. La primera, favorece el contacto social y los segundos un sentimiento de bienestar. La importancia de las investigaciones de McGlone y de sus colaboradores es que demuestran la existencia de neuronas especializadas para la recepción de ese tipo de estimulación. Neuronas que activan en el cerebro áreas relacionadas con el procesamiento emocional. Además, los estudios de Tuominen y col.(Society of Neuroscience, 2013), en un experimento en que sujetos fueron acariciados, mostraron que esto estimula el cuerpo estriado ventral, donde está el nucleus accumbens,  y la corteza cingulada anterior, es decir, elementos centrales del sistema de recompensa.” Resumiendo, la caricia es una droga natural que nos hace sentir bien y conectar con los demás, y lo hace activando la parte emocional de nuestro cerebro. Y además de todo esto, nos estimula la parte del sistema nervioso central que nos hace sentir recompensados, y por tanto satisfechos de ser quienes somos, lo que nos hace nutrirnos tanto emocionalmente como individuos, como en relación a los demás al manifestarnos como seres sociales.

¿No os apetece lanzaros a acariciar y ser acariciados? Tenemos a nuestro alcance una medicina sanadora increíble que infravaloramos y que no aprovechamos. Propongo que toquemos más, siempre que podamos, desde la selectividad que merece su valoración. Busquemos el contacto. A menudo tenemos creencias que nos ponen trabas a ese encuentro. Las podemos detectar y ser conscientes, para superarlas. ¿Qué pensará el otro? ¿Le apetece como a mí? ¿Tendrá connotaciones sexuales? Traspasemos esas dudas, escuchando el sentir de los demás y el nuestro. Vivamos desde la sencillez de lo que necesitamos.

Os invito a que ahora que estamos delante del ordenador, o tablet o móvil, hagamos un ejercicio. Cerremos los ojos e imaginemos que ese aparato con el que compartimos tantos momentos de nuestra vida, tantos likes, tantos mensajes de whatssap, tantos entrañables emoticonos, nos acaricia lentamente. Seguir con los ojos cerrados, relajados, conscientes, abiertos al sentir. Imaginad, visualizad esa caricia. Ahora, despacio, volved a abrir los ojos. ¿Qué habéis sentido? Pues yo no he sentido “na de na”. La tecnología no nos puede acariciar, no puede complementarnos. La caricia virtual no existe (y el concepto de sexo virtual, pues yo creo que no es lo mismo, la verdad). Y si llega un día donde la ciencia ficción se hace realidad y nos acariciamos siempre con máquinas, ¿dónde se enterrarán las miradas?, ¿dónde irán a parar las energías que surgen del contacto? y ¿dónde se perderá la ternura y la calidez entre dos seres humanos? Más tacto en el contacto. No se me ocurre nada más simple y efectivo.

La caricia es pan, no sólo como he comentado anteriormente porque alimenta, sino también porque es necesaria para vivir de forma sana. Steiner, en su libro “Los guiones que vivimos apuntan a direcciones muy interesantes: las caricias son imprescindibles para sobrevivir”, concluye qué si no las recibimos, las pedimos de forma inconsciente activándose un mecanismo de supervivencia instintivo. Lo que ocurre es que este instinto es tan fuerte que preferimos “caricias negativas” antes que no recibir ninguna. Según W. Faulkner, en su novela “Las Palmeras Salvajes” uno de sus personajes dice: “Si tuviera que elegir entre el dolor y la nada, elegiría el dolor”. De ahí de que el ser humano en determinadas ocasiones permita el maltrato, prefiera que le desprecien a que le ignoren, que le griten o le peguen a que le muestren la más absoluta apatía.

Además, el tacto, la caricia, es bidireccional. Nos permite comunicarnos entrando en la experiencia del otro, en sus sensaciones, en sus emociones, en su vida. Nos ayuda a conectar, a compartir energía y a sentir compasión sana por uno mismo y por el otro, lo que nos permite ayudar a trascender las heridas emocionales que acumulamos en la vida.

 

Yo he llegado a la conclusión de que es necesario predisponerse a la caricia, acariciar y ser acariciados para sentirnos presentes, reconocidos y vivos.

¿Qué opináis? Me encantará comentarlo con vosotros.

 

¡Hasta pronto guapísimas y guapísimos lectores!

 

Un abrazo tierno y fuerte

 

 

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