La dama de negro

Hoy he asistido al entierro de un primo mío. Y entre la tristeza de la despedida y el consuelo de creer en una vida futura, me he puesto a pensar en la transitoriedad de la vida, en qué quiero dejar como legado, en qué quiero haber vivido cuando la dama de negro llame a mi puerta…, “que la reseca muerte no me encuentre vacía y sola sin haber hecho lo suficiente”, cantaba Ana Belén. Yo he empezado a llenar mi vida con lo que realmente considero importante, ¿y tú? ¿has comenzado?
A menudo, no aprovechamos y disfrutamos realmente la vida o nos la pasamos sacrificándonos en trabajos y responsabilidades que no queremos para obtener un dinero que nos permita comprar cosas que no necesitamos, perdiendo un tiempo que no valoramos. ¿Vivimos realmente cómo queremos? ¿Vale la pena dejar en herencia a nuestros descendientes una hipoteca acompañada de nuestras frustraciones, represiones y complejos?
¿Expresamos todo el amor y cariño que quisiéramos? ¿Somos comprensivos con los demás pensando que cada uno hace en realidad lo que puede según lo que ha vivido y ha podido desarrollar? ¿Somos firmes en nuestras propias elecciones y decisiones? ¿o nos arrastramos a los deseos de los demás de forma cobarde y cómoda generando rencor?
Esta sensación de que tengo muchas cosas por hacer, se mezcla con otra perspectiva, con un sentimiento de cierta satisfacción al reconocer que todos ya realizamos pequeñas cosas importantes. El recordatorio de difuntos que me entregaron en la entrada cobra un gran sentido para mí: “A veces sentimos que lo que hacemos es tan sólo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltase una gota” Teresa de Calcuta
Todos hacemos más de lo que creemos, sólo necesitamos focalizarnos, alinearnos con lo que quiere nuestro interior y eso se hace más consciente cuando abandonamos las exigencias y el miedo y lo sustituimos por la aceptación y el amor, por nosotros mismos, por los demás y por lo que hacemos.
En otras culturas diferentes a la nuestra, como en las orientales, se les educa a las personas para tener la muerte presente, no desde el miedo, sino desde la aceptación. Si existe vida, es porque existe muerte. La vida y la muerte forman una dualidad inseparable. La muerte no es triste en sí misma, es transición, es cambio. Pensando así, se puede vivir intensamente el presente valorando y agradeciendo todo lo que se tiene, todos los momentos de la vida.
¿Cómo empiezo a vivir con pasión cómo si no hubiera un mañana? Pues gota a gota. Empezaré agradeciendo mi existencia, y la vuestra, y todo lo bueno que la vida me está dando, los seres queridos, mis valores, mis capacidades,…agradeciendo que me estés leyendo. Continuaré, comprometiéndome conmigo misma en sacar lo mejor de mí y ponerlo a mi servicio y al de los demás. Y seguiré, abriendo mi corazón y deseándote lo mejor. ¡Un abrazo bien fuerte!

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