“Si los valores están, todas las edades son bellas y buenas” Mercedes Mora

Hoy cumplo cincuenta añitos. El paso del tiempo me lo recuerda mi cuerpo al mirarme al espejo. Por dentro cada día me siento más bonita y por fuera sigo siendo atractiva. ¡Ja, Ja!¡Y no tengo abuela! Me encanta que me piropeen, aunque ahora no lo necesito.

Mis pechos poco a poco se cansaron de mirar al cielo. Son ahora mis ojos los que levantan la mirada entre descansos de otros ojos, de otras perspectivas. Las arrugas empiezan a enmarcar mis facciones con osadía, instalándose sin pedirme permiso. La sonrisa también encuadra mi cara sin esfuerzo, con paulatina naturalidad. Mi cadera se reafirma sin soltar un cm cúbico de volumen, ocupando su espacio, como ocurre con mi presencia.

La menstruación “va a su bola”. ¡Ella que había sido tan puntual! ¡Era como un reloj suizo! Creo que quiere una larga despedida, y me otorga tiempo para agradecerle las dos hijas preciosas por dentro y por fuera que Dios me ha regalado, a las que quiero y admiro profundamente.

Se suele decir: ¡quién pillara los veinte o los treinta! Todo a la vez no se puede en la vida. Yo he tenido que llegar a los cincuenta para sentirme capaz de ser yo, de tener fe en que los sueños se realizan cuando forman parte de los que somos, de nuestra esencia y cuando tenemos el valor de seguir creyendo en ellos y en nosotros, y cuando paradójicamente asumimos que si no los llegáramos a alcanzar es porque nos esperan otros sueños más alineados con nosotros y con nuestro aprendizaje. ¿Cómo sabemos si ese propósito es el acertado? Escuchándonos y sobre todo haciendo y haciendo, cagándola, metiendo la pata hasta el fondo para nutrirnos de la experiencia y volver a probarlo como un niño que empieza a gatear, que luego consigue caminar y finalmente se lanza a correr.

Ahora sé que sola no se consiguen las cosas y que la colaboración y el servicio dan el sentido, si soltamos la dependencia y reconocemos la fuerza de la unión y la influencia del sistema.

En esta etapa de mi vida es cuando empiezo a comprender con humildad a mis hijas, a mis padres, a mi hermano, a mi cuñada, a mi sobrino, al resto de familia, a mis amigos, a mis conocidos, y en definitiva a mí misma, a todos, porque se da así. La compasión tiene para todos, no distingue entre personas. Es amplia y generosa.

A mis cincuenta años me comprometo a vivir como siento, a aceptar y trascender lo que siempre he querido desechar y ocultar de mí. Así abrazo mi exigencia y mi rigidez, que a veces vuelven de su destierro reclamando su sitio, destronadas de su antiguo dominio, plebeyas ahora de mi reino. Me encanta una idea liberadora que me trasmitió Marta Ocampo de que “La coherencia es aceptar las incongruencias de cada uno”.

Me siento abierta a amar, a mí misma y al otro, sin expectativas, con valoración, creando un círculo que se retroalimente de mi entrega y de la del otro. El logro es que los actos de “dar y recibir” sean acontecimientos naturales, casi actos reflejos. Cuando era más joven no era consciente de forma tan clara de mi fuerza interior, ni de mi sensibilidad. Tengo mucho que aprender, pero sí dispongo de la sabiduría suficiente para complacerme a mí misma y al otro, con confianza y conexión, con proyección y comprensión, abrazando mente y alma además del cuerpo, con lo que honestamente pueda en cada momento, haciendo de los inconvenientes oportunidades, y de los encuentros regalos preciosos, y de las vivencias la energía que nos ayude a crecer tal cual somos, vulnerables y fuertes al tiempo.

Ahora entiendo que la presión del tiempo es una ilusión del ego para desmontar ese anhelo del alma porque no quiere resignarse y dejar de luchar por su supremacía. La prisa sólo es una forma de manifestar la falta de fe en nosotros mismos y en lo que queremos en la vida.

Soñar con fe y pasión, sin forzar su cumplimiento es pura magia. Esto ocurre con la pareja y con cualquier faceta de la vida. Todo es un equilibrio de malabaristas. El truco está en disfrutar de la cuerda floja y en poner debajo una red asumiendo sólo los riesgos necesarios. Atrevernos a caminar por la cuerda gozando es el verdadero acto de valentía. Entender que llegar al otro lado no es tan trascendente. Lo importante es poner toda la intención y todo el corazón en transitarla.

Por fin honro a mi voz interior, y sé que es la mejor opción incluso cuando me equivoco porque me lleva a otros lugares, a otros conocimientos, a otros sentimientos. Las opiniones de los demás las tengo en cuenta sin darles el carácter decisivo para perturbar mi vida.

Os reconozco que hasta hace bien poco, lo de cumplir cincuenta años no me hacía mucha gracia. Comentaba con amigos que la palabra “cincuenta” suena demasiado “grande” cuando la pronunciamos. Se nos llena la boca. He llegado a la conclusión de que es verdad, pero también suena “poderosa”. He cambiado la idea de que a esta edad “ya debería tener casi todo hecho”, por la sensación de sentir la ilusión de descubrir una vida nueva, con más sentido, de tener mucho que aprender, en definitiva, de sentirme viva. Corazón de niña, cuerpo de adulta y mente de anciana. No hay mejor combinación, ni mejor meta.

Mi madre hace unos días me dijo. “Si los valores están, todas las edades son bellas y buenas” Mercedes Mora. Y mi padre justo después comentó: “En todas las edades se ha de buscar lo positivo que te puedan dar” Alfonso Martínez. Sobran explicaciones. Gracias a los dos por darme todo lo que habéis podido en cada momento.

No me voy a dar dos besos porque no llego. Me felicito más que por cumplir años, por adquirir pasito a pasito la consciencia para poder sentir satisfacción en mi camino, para poder tener la capacidad de seguir soñando y de seguir sintiendo amor por la vida.

Un abrazo,

 

Olga Martínez Mora

 

 

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