Si sentirnos llenos solos es la leche, ¿para qué queremos una pareja?

Ayer un amigo, mientras charlábamos sentados en un banco de la Ciudadela, me dijo algo así como: “Lo que me gustaría es sentirme lleno sin pareja y si viene ya le dejo un huequecillo, o no”

Entonces, ¿para qué queremos una pareja?

¿Para cumplir los designios que según las escrituras nos dictó Dios: “Creced y multiplicaros”? Creo que no es la mayor motivación en nuestro entorno temporal y físico más inmediato.

¿Para desahogarnos sexualmente? Bueno, puede que en parte sí, aunque tampoco creo que sea la principal razón.

¿Para seguir las normas sociales? Esto hace unos años tenía “sentido”. Ahora que los divorciados y los solteros empiezan a tener un peso considerable, tampoco pienso que sea el detonante.

¿Cómo sustituto a un grado espiritual casi inalcanzable? La pareja puede que pierda sentido para monjes y personas con una conexión extrema espiritual, no creo que para el resto de personas terrenales.

Entonces, ¿Qué relación tiene la pareja con nuestra vida?

La pareja es nuestro espejo más potente.

Una persona en soledad puede servir a Dios o a su interior o honrar al Universo, sirviendo a los demás.

Uno solo nos podemos masturbar individualmente o por “masturbación asistida”, es decir, sin necesitar a nadie o sólo con el cuerpo del otro, sin su cariño, sin su presencia.

Un individuo puede ser aceptado en la sociedad desde la soltería, estado cada vez más frecuente en nuestros días.

Uno solo puede irse al Tíbet a meditar y vivir el éxtasis sin necesitar una relación ni física, ni emocional.

Insisto, ¿para qué queremos una pareja?

Lo que no se puede hacer sin pareja es un crecimiento pleno.

Los ojos nos permiten ver el exterior, pero con este órgano no nos vemos a nosotros mismos. La naturaleza es muy sabia. Todo esto está diseñado al milímetro. No es accidental.

La mirada mantenida y profunda en el otro permite aflorar su alma y la nuestra.

Sólo la relación íntima nos saca de nosotros mismos y precisamente nos hace conectar más con nosotros y con el otro porque nos revela lo que desconocemos de nosotros, del otro y de la vida.

Con la pareja el autoconocimiento es mayor porque nos refleja lo que somos incapaces de ver por nosotros mismos.

La pareja es un catalizador del amor, del placer, de conocimiento, del sentimiento, de la vida.  Nuestro amor individual por nosotros y por la vida, con el amor del otro se multiplica como el pan y el vino en las bodas de Caná. Es un milagro.

Sólo necesitamos abrirnos. Tener fe. Ja ja, lo de “sólo”, pues es una forma de hablar.

Creo que muchas veces tenemos miedo a compartir nuestra intimidad, a que descubran nuestra oscuridad, a volver a sufrir, a volver a entregar una parte de nosotros, a que nos vuelvan a abandonar y nos dejen ese vacío conocido difícil de sostener.

Propongo una solución que “a priori” puede resultar Kamikaze. ¿Y si nos situamos como si fuera la primera vez que amamos? ¿Y si nunca hubiéramos sufrido por amor? Creo que esa es la mejor actitud inicial. Si nos conformamos sólo con convivir o compartir con la pareja, sin ceder parte de nuestro espacio pensando que lo necesitaremos para nosotros, es que nos hemos olvidado de lo que era amar. Si no está en nuestro consciente, está en nuestro inconsciente. Sólo tenemos que recordarlo. ¿Miedo a que el amor nos penetre? ¿Miedo a que parte de la otra persona se quede en nuestro interior? Para amar no necesitamos estar a la defensiva, ni marcar ningún territorio. Sólo necesitamos confiar en nosotros, en el otro y en la vida. Y en el caso de que nuestra intuición fallase, ahí es dónde nuestra experiencia entrará en juego, el dolor será más pequeñito que en situaciones anteriores porque ya sabemos levantarnos de cualquier “zamarrazo”.

Yo quiero vivir amando, ¿y tú?

Un abrazo,

 

Olga Martínez Mora

 

 

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