Soy como el vino tinto

Hasta ahora no me ha resultado fácil ser como el vino tinto. He pensado que la mayoría de personas, en especial los hombres que me he encontrado por mi camino, en muchas ocasiones, han preferido el vino blanco, quizás bermejo, más misterioso, como si al destapar capas el resultado fuera más valioso, como si al mostrarse más suave fuera a ser más delicioso y más fácil de beber, como si al ocultar algo e ir descubriéndolo poco a poco mejorara su esencia. Yo no soy así. Soy vino tinto, fuerte, intenso, sincero, con cuerpo, denso en la boca, que se siente al tragar. Soy sólo apta para valientes, para personas que no tienen miedo a amar aunque le hayan destrozado el corazón mil veces, para personas que no huyen de su fuerza, de su energía, de su verdadera sensibilidad, de su poder.

Sólo se nos pueden acercar personas que puedan bebernos, cuando realmente nos valoramos tal cual somos, cuando eso que pedimos realmente lo somos. Para pedir un valiente que crea en el amor, hemos de serlo primero. Para atraer una persona que crea en su fuerza y en su energía, hemos de creer primero en la nuestra. Para que se nos acerquen personas que reconocen su auténtica sensibilidad y su poder, hemos de reconocer primero eso en nosotros mismos. ¡Ahí está lo complicadillo!

Me he pasado media vida sin aceptar mi naturaleza felina, salvaje, fingiendo ser comedida y suave, y ahora, ¿pretendo que sea fácil que acepten y valoren esa energía, esa frecuencia, esa complejidad?, sobre todo los hombres que muchas veces andan más perdidos que las mujeres, confundiendo agresividad con violencia o sustituyendo servicio por servidumbre o dudando entre autoridad y autoritarismo, capando su masculinidad, transformando su sensibilidad en una aparente serenidad construida desde el miedo. El otro día, wasapeando con un amigo me salió una frase que me gustó y todo, ¡fíjate tú!: “Hay un límite muy fino entre la sensibilidad auténtica y la transformada por el miedo. Solemos andar ahí, en la cuerda floja”.

Y, yo, ¿qué me creo que soy? ¿Qué me he transformado en una Diosa al haber iniciado unos pasitos en mi crecimiento personal y espiritual? ¿Qué soy más mujer que las mujeres que no saben valorar a los hombres cuando hasta hace bien poco la rabia hacia ellos no me permitía sentir ni comprensión, ni compasión, ni entrega, sólo maternal condescendencia? ¿Qué soy mejor persona que los hombres que tienen el corazón helado para poder sobrevivir a tanto vaivén emocional? Las mujeres en general, ¿es que somos menos agresivas que los hombres cuando manipulamos con nuestro victimismo, cuando no sabemos amar incondicionalmente, cuando nos masculinizamos para adaptarnos a una sociedad enferma, cuando nos sometemos para recibir aprobación, cuando ocultamos para mantener un interés?

Señoras y señores, ser vino tinto, como ser cualquier otro tipo de vino, muchas veces no es fácil. Soy lo que soy, y ya no puedo fingir. Así que sin ánimo de sentirme ni mejor, ni peor que nadie, brindo por nosotros, por ustedes, por mí, para que tengamos la fuerza de mostrarnos como somos, tintos, rosados o blancos, y que no cambiemos ni dudemos para buscar la aceptación ni el cariño de nadie que no seamos nosotros mismos, y para que tengamos el valor de amar con el corazón abierto de par en par.

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